Me eligieron para un cargo de iglesia… y era la primera vez en mi vida
No fue en una iglesia grande ni con una ceremonia de nombramientos. Fue al lado del museo de la universidad, una iglesia sin paredes ni púlpito. Y aún así, el momento me pesó como si me hubieran nombrado en la junta directiva del universo. Me habían dado un cargo de iglesia. Un cargo real. De esos que no solo se mencionan en las actas, sino que implican estar, responder, organizar, acompañar, orar, insistir. Y no sabía ni por dónde empezar. Nunca antes me habían elegido para algo así. Yo solo era una estudiante más. De pronto, tenía que liderar. Y ni siquiera sabía si oraba bien en público.
No fue falta de ganas, fue falta de experiencia
No me negué. No fue que no quisiera. No fue apatía. Fue inseguridad. Fue mirar a otros que parecían saber qué hacer y sentir que yo estaba improvisando con fe prestada. No tenía manual, ni acompañamiento cercano de alguien con experiencia, ni un “esto se hace así”. La iglesia universitaria tiene algo muy especial, pero también muy retador: la mayoría estamos empezando. Empezando a liderar, a entender la misión, a descubrir qué significa ser adventista fuera del colegio, lejos del templo donde crecimos. Y, la verdad, los pastores o líderes de más experiencia no siempre están cerca. No por falta de interés, sino porque nadie les explicó cómo se hace iglesia en una universidad pública.
El miedo no era a fallar… era a no saber ni qué se esperaba de mí
Durante las primeras semanas me la pasé preguntándome si lo estaba haciendo bien. Si debía hablar más. Si debía organizar algo. Si debía esperar a que alguien me dijera qué hacer. ¿Un devocional? ¿Una reunión? ¿Orar por el grupo? Todo sonaba bien, pero yo no sabía por dónde se empezaba. Me acuerdo que una noche, sola en la biblioteca, abrí el celular y busqué: “qué hace un diácono en la iglesia adventista”. Y luego: “cómo ser buen líder”. Así de básica era mi preparación. Pero también así de real eran mis ganas. No quería hacerlo perfecto. Quería hacerlo con sentido.
Descubrí que liderar también es aprender a confiar
Un día me di cuenta de que el problema no era mi inexperiencia, sino creer que eso me descalificaba. Nadie nace sabiendo liderar un grupo de jóvenes Adventistas. Nadie se levanta un sábado diciendo “ya soy un anciano perfecto para este año”. Todo liderazgo se construye en el camino. Me aferré a eso. A las pequeñas cosas: llegar temprano, orar por cada persona, animar a los que estaban callados. Aprendí a escuchar, a preguntar sin miedo, a equivocarme sin que eso me definiera. Y, sobre todo, aprendí a depender de Dios. Porque cuando uno no sabe qué hacer, solo queda una opción: arrodillarse.
Una vez leí este versículo y lo anoté en mi libreta con resaltador:
El que comenzó en ustedes la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”
Filipenses 1:6
Me aferré a eso. Si Dios me permitió tener ese cargo, Él también me daría lo necesario para ejercerlo. Aunque no tuviera todas las respuestas. Aunque nadie me hiciera mentoría personalizada. Aunque dudara de mí misma una y otra vez.
Hoy sigo liderando… y sigo aprendiendo
No es la misma inseguridad del principio, pero sí es la misma humildad. Porque cada año, cada nuevo cargo, cada nuevo grupo de jóvenes, me recuerda que el liderazgo cristiano no se trata de saberlo todo, sino de estar dispuesto a servir. En la universidad, hacer iglesia es distinto, sí. Pero también es más urgente. Más real. Porque acá nadie te obliga. Si estás, es porque quieres. Y si lideras, es porque sientes que hay un propósito más grande. Yo sigo sin tener todo claro. Pero ya no me paraliza. Ahora camino. A veces con dudas, pero siempre con fe.
¿Has recibido un cargo sin saber por dónde empezar?
¿Has recibido un cargo sin saber por dónde empezar?
¿Cómo viviste tu primer liderazgo dentro de la iglesia universitaria?
Te leo en los comentarios.
🤍