El momento incómodo del “¿qué haces el fin de semana?”
Estábamos hablando de planes para el viernes en la noche. Nada muy trascendental: cine, conciertos, una salida con los del grupo. Cuando llegó mi turno, dudé. Sabía que mi respuesta era simple, pero no tan fácil de explicar: iba a estar recibiendo sábado en la u, como casi todos los viernes por la noche. Sin pensarlo mucho, respondí algo vago como “tengo cosas de iglesia” y cambié de tema. Nadie me cuestionó. Nadie me miró mal. Pero algo dentro de mí se quedó inquieto. No por ellos. Por mí. ¿Por qué me dio pena decirlo tal cual era? ¿Por qué me escondí?
No me avergüenza Dios. Me cuesta explicar lo que soy
Llevo años siendo parte de una iglesia que ha formado gran parte de mi identidad. Amo a Dios. Oro. Busco vivir con coherencia. Pero cada vez que alguien me pregunta si soy religioso, siento un vacío en el estómago. No porque me avergüence de la fe. Me cuesta explicar lo que significa ser adventista en un contexto donde nadie sabe qué es eso. Me cuesta decir que guardo el sábado cuando la mayoría planea estudiar o trabajar ese día. Me cuesta decir que no salgo los viernes por la noche. No por falta de argumentos, sino porque a veces ni yo sé cómo ponerlo en palabras sin sonar raro o cerrado. Y ese no saber cómo explicarlo me deja en silencio.
La necesidad de encajar también pesa
No quiero sonar como si tuviera vergüenza de lo que creo. Pero hay una presión invisible que se siente todos los días: no querer ser el diferente. La universidad está llena de discursos sobre diversidad y libertad, pero a veces pareciera que lo religioso ya no cabe en esa diversidad. Es fácil hablar de temas de fe en un culto o en el grupo pequeño. Pero en la mitad de una clase de ética, o en medio de una conversación sobre derechos, hablar desde una perspectiva espiritual puede sentirse incómodo. Como si hubiera que pedir permiso para ser creyente. O al menos justificarlo demasiado. Y esa necesidad de encajar, de no parecer “el distinto”, va desgastando la autenticidad.
La vuelta a casa, aunque sea por dentro
Un sábado por la tarde, en una sociedad de jóvenes con el grupo de la U, alguien lanzó una pregunta: “¿Alguna vez les dio vergüenza decir que eran cristianos?”. Hubo risas, confesiones, anécdotas incómodas. Todos en algún momento lo habíamos sentido. Y fue liberador decirlo sin que nadie juzgara. No se trataba de falta de fe, sino de estar aprendiendo a caminarla en voz alta. Alguien leyó Romanos 1:16:
No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación…”
Romanos 1:16
Y más allá del versículo, me quedé pensando en lo que significa vivir sin vergüenza. No en el sentido de imponer o alardear. Sino en el de no esconder lo que me sostiene. De no disfrazar mis convicciones para encajar. De poder hablar de lo que creo sin sentir que estoy diciendo una mala palabra.
Nombrarlo también es un acto de fe
Desde entonces he empezado a probar algo: decirlo con calma, sin excusas, sin adornos. No como quien lanza una bandera, sino como quien comparte una parte de sí. A veces sigo sintiendo esa incomodidad en el estómago. Pero también siento una libertad nueva. La de no tener que inventarme otra versión de mí para ser aceptado. Soy adventista. No lo entiendo todo. A veces dudo. A veces me contradigo. Pero es parte de mi historia. Y quiero aprender a contarla sin miedo. Tal vez no siempre tenga las palabras correctas. Pero sí tengo claro que no quiero seguir callándome lo que me hace ser quien soy.
¿Y tú?
¿Alguna vez te dio pena decir que eras cristiano o adventista? ¿Qué te ayuda a hablar de tu fe en espacios donde no es común hacerlo?
Te leo en los comentarios.
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